El sábado 9 de junio aprovechando la llegada del periodo estival dimos inicio al programa de rutas por los puertos con una visita a Pajares y algunas posiciones en el municipio leonés de Villamanín. En esta ocasión contamos con la participación de Carmen García y Rubén Vega, profesores de Historia Contemporánea de la Universidad de Oviedo acompañados de Irene Díaz, investigadora becada. La ruta por breve –sólo de media jornada y luego comida en un restaurante cercano- se centró en una pequeña parte de los enclaves de la zona que tuvieron algún protagonismo durante la guerra civil.
A las 10.00 de la mañana estábamos en la planicie del histórico parador del puerto de Pajares, hoy lamentablemente en desuso. Siguiendo la pista que asciende en dirección Este nos topamos con las primeras trincheras y algo más arriba con un nido bien conservado cuya peculiaridad no radica tanto en su tipología, análoga a la de tantos otros, sino en el hecho de la fecha estimada de su construcción que interpretamos debe ser la que aparece escrita sobre el cemento fresco: 15-10-1937. Hay que enfatizar el hecho de que se cimentara apenas una semana antes de la caída definitiva del Frente Norte y en un momento de fuertes combates en la zona que en principio deberían si no impedir, al menos obstaculizar notablemente las labores de construcción. Acudiendo a los archivos podemos conocer algo más del instante histórico: todo apunta a que se aprovechó la bruma que al medio día de aquel viernes 16 cubrió por completo el lugar. El parte franquista dice que en el sector la densa niebla les impidió desde las dos de la tarde proseguir los avances y el diario socialista Avance cuenta que aquel día el enemigo desistió "al menos momentáneamente, de avanzar por aquel difícil terreno". Un tiempo de tensa calma que según el periódico aprovecharon los soldados republicanos para "trabajos de fortificación y refuerzo de sus líneas de contención". 
Por aquel entonces, el sector de Pajares estaba defendido por las brigadas 186, 183 y 1ª Montañesa de la División "C", resultante del desdoblamiento de la División 58, originalmente compuesta por las brigadas 186, 187, y 188, que anteriormente tenía encomendada su defensa. La zona de Pajares-Villamanín tuvo su mayor actividad bélica precisamente en torno a la fecha de construcción de este nido y en las semanas anteriores. Perdida Santander para la causa gubernamental, en septiembre de 1937 se inicia la gran ofensiva franquista sobre Asturias. Los nacionales penetraron por el oriente de la región a la par que Aranda recibía la orden de atacar por el Sur. Mientras los republicanos del frente oriental aguantaban como podían la embestida de las brigadas navarras en el Mazuco y por la costa progresaban los sublevados camino de Gijón, Aranda tomaba Pola de Gordón, incendiada por los republicanos y dirigía desde allí la ofensiva principal por el Sur. Las dificultades del avance por Pajares aconsejarían llevar la ofensiva a la zona de San Isidro y Tarna. Por tal motivo el Ejercito Republicano hubo de reorientar su despliegue enviando un mayor número de fuerzas a ese frente. La zona entre Pajares y La Cubilla quedó confiada a la División "C" con la brigada 1ª Montañesa en Sierra Lasa/La Tercia/Villamanín, la brigada 183 en Busdongo/El Castillo y la 186 en El Negrón/Ferreo/La Cigacha. Mientras Artemio y Carlos nos aclaraban estos y otros aspectos históricos de nuestra visita recorríamos la trinchera que sale del nido y lleva a un parapeto excavado en roca caliza desde donde se controla toda la carretera del Puerto en su vertiente asturiana. Por debajo del reducto también se aprecia el dibujo de una importante línea de trincheras que seguimos en nuestro camino de descenso mientras dirigimos la vista hacia la sierra de Peñalaza, recordando uno de los más sangrientos episodios de la contienda en la zona. Peñalaza, bastión republicano era para los nacionales una pieza importante para derrumbar la defensa del sector, especialmente en las primeras semanas de la ofensiva general, cuando el principal teatro de operaciones no se había desviado aún hacia los puertos orientales. 
Los más antiguos de la zona aún recuerdan la coplilla alusiva al combate: "En el pueblo de Busdongo, todos miraban al cielo. Las sierras de Peñalaza estaban que echaban fuego". La 1ª brigada montañesa, que ocupaba la posición, estaba formada por un conglomerado de combatientes, principalmente milicianos cántabros procedentes del derrumbado frente de Santander, pero también asturianos y leoneses. Hombres curtidos en la batalla, muchos supervivientes de los combates ocurridos en otros puntos del sector (Aralla, Sierra Ubiña, Pola de Gordón, Villamanín, Sierra del Cueto, los Celleros, Perruca o Pico del Moro) que resistieron ferozmente los ataques en la sierra hasta que la aplastante superioridad de los nacionales, apoyados por los eficaces bombardeos de la aviación, hizo caer sus puntos de apoyo doblegando la capacidad de defensa. Las bajas republicanas fueron tremendas y por los testimonios de los supervivientes se cree que las muertes no fueron únicamente causadas en los combates, sino también debidas a la ejecución de una parte de los soldados capturados. Por falta de tiempo la subida a Peñalaza queda para una salida posterior, pues el lugar es de visita obligada para cualquiera que tenga interés en conocer de cerca los escenarios de la guerra civil en las montañas asturleonesas. Bajamos a la carretera general para proseguir con la ruta. Tomamos los coches en sentido Villamanín hasta el pueblo de Villanueva de la Tercia donde los dejamos para continuar a pie rumbo al Canto de La Majada que fue ocupado primero por la Brigrada 186, después por la 183 y finalmente se convirtió en puesto de mando de la 1ª Montañesa. A mitad del camino visitamos otra posición que conserva un asentamiento de armas automáticas con sus bocas de fuego mirando al Sur, orientadas hacia la carretera. En éste no vemos ninguna inscripción. A su espalda una trinchera recorre la loma, la cual seguimos rumbo Oeste para tras cruzar un altozano llegar al Canto de La Majada. 
Lo primero que nos encontramos es un oscuro túnel excavado en la piedra a retaguardia de la posición. Luis, en su calidad de geólogo pudo comprobar que aquello no tenía pinta de desplomarse sobre nosotros y algunos/as participantes nos animamos a recorrerlo (al fin y al cabo no se había desplomado en 70 años). Pepe se animó a liderar la "expedición". A mitad del recorrido un pequeño argayo nos obligó a pasar arrastrados pero en seguida pudimos volver a caminar, eso sí, bastante agachados por las estrecheces de la cavidad, que finaliza en un punto de luz que sería nuestra salida. El túnel tiene forma de "L" y facilitaba a los ocupantes de la posición un buen refugio ante los frecuentes bombardeos aéreos y cañonazos de artillería. Prueba de la intensidad del fuego que debieron sufrir son los numerosos fragmentos de proyectiles que todavía hoy se encuentran esparcidos por el terreno. En la misma cara, en teoría la más protegida hay otra galería de forma y longitud similar. En la vanguardia de la posición quedan los restos de las trincheras excavadas en la roca y un gran trincherón que da a un espacio más amplio, también excavado. Una vez más se pone de manifiesto el tremendo esfuerzo fortificador del ejército republicano. De vuelta y con ayuda de prismáticos oteamos las alturas al otro lado de la carretera buscando la situación de las construcciones que nos quedan por visitar. Éstas están a la derecha de la carretera y la vía del tren dirección León. Regresamos a los vehículos y recorremos apenas unos cientos de metros para aparcar en una explanada, antaño estacionamiento de un popular restaurante, que lleva años abandonado, al caer en declive tras la apertura de la autopista del Huerna. 
Cruzamos la carretera y la vía del tren por debajo de un pequeño puente y comenzamos a subir por la colina hasta dar con una línea de trincheras perfectamente dibujadas y profundas que ascienden en dirección W-E y nos dirigen hasta la primera de las tres construcciones que hay. Es un nido de grandes proporciones parcialmente dañado, no sabemos si por los combates o, más probablemente, como en otras ocasiones para retirar el hierro del encofrado, algo que ahora nos llama la atención pero que, ante las penurias y necesidades de la posguerra, era al menos en la zona asturiana muy habitual. Seguimos ascendiendo sobre la vertical de este nido hasta llegar al siguiente. Ramón, y Luis que en su día vinieron de avanzadilla con Juan y dieron con las localizaciones que visitamos, recuerdan la extrañeza inicial que les produjo este asentamiento pues en un primer momento no vislumbraban la entrada al mismo. Resultó ser que la entrada estaba excavada en la roca varios metros más atrás y parcialmente obturada por un pequeño desprendimiento de tierra y piedras. Para el resto de grupo la cosa fue tan fácil como preguntar, acercarse y entrar. Como peculiaridad, el túnel de entrada se bifurca en dos, uno de los ramales va a dar al nido de hormigón y el otro a un puesto, quizá también para arma automática pero perforado en la roca. El tercer y último nido, situado a mayor altura, orienta sus troneras como los anteriores a la carretera general en dirección Villamanín. Es un nido amplio que aún conserva el molde de madera en los huecos para las patas de la ametralladora. Además se conserva un buen tramo de la trinchera de comunicación. 
Mientras Luis y Carlos hacían una escapada hasta la cima de la colina en busca de otros posibles restos, el grupo aprovechamos para descansar unos minutos y valorar el interés de la ruta. Carlos y Luis tan sólo encontraron restos de trincheras y ni rastro de obras de hormigón por lo que, atendiendo al horario, iniciamos el camino de vuelta. Ya en los coches nos dirigimos a Villamanín para en el restaurante Ezequiel dar buena cuenta de la comida de celebración del primer aniversario de nuestra asociación. El almuerzo no pudo ser mejor: embutidos ibéricos en abundancia, cecina de León, ensalada de la huerta, sabroso lechazo y postres variados. Algunos olvidamos la dieta por un día.
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